A raíz del mal llamado “paro reflexivo” que se concretó -para mal de nuestros compañeros- en algunos territorios en nuestra y otras universidades, sentí menester desafiar la consigna y el eslogan típico de quienes se adjudican de la forma más soberbia posible “la verdad” y que además la pretenden imponer con rasgos claramente totalitarios y dañinos.

Tuve la oportunidad, también, de asistir a la jornada que se dio en comunicaciones al respecto (de oyente, claro), en que más allá de una instancia de reflexión, existía un monólogo de un dirigente que frente a otras 10 personas que pensaban idéntico a él, llevaba a cabo esta jornada en base a un martilleo de propagandas en favor de lo que la Confech proponía y no daba pie a un verdadero análisis matizado, sereno y realmente reflexivo que una temática tan relevante como la educación requiere, además de la triste convocatoria que denota claramente lo que no es necesario mencionar.

Otra anécdota importante – y para dar cuenta sobre lo que se vive en estos modos de actuar fuera de la Universidad Católica- fue el impactante lienzo que estaba en la puerta de la Universidad Tecnológica Metropolitana, ubicada en pleno Santiago Centro, que decía: “Todas las balas se van a devolver. Sin miedo al conflicto”.

Más allá de la baja convocatoria en las jornadas que se dieron en nuestra Universidad y de los panfletos agresivos de los que adhieren al monopolio de la dirigencia de la Confech, creo que esto necesita un análisis riguroso que explique qué hay de fondo en esas ideas que hoy nos tienen al borde de un cataclismo y del inexorable abismo educacional e institucional promovido por un grupo minoritario.

En primer lugar, creo que hoy se vive en Chile el “espíritu de la consigna”, en que se disfrazan ideas con contenido profundamente ideológico -que ya fracasaron en el siglo pasado en nuestro país y en el mundo-, para disfrazarlas con etiquetas que nadie podría ser antagonista, ejemplos son “una educación de calidad y para todos”, “respeto y tolerancia a las personas” (a propósito de la ideología de género), “pensión digna” y “sueldo digno”, “no convertir a la educación en un negocio” e innumerables ejemplos que son el primer grito del portavoz de la marcha que convoca a personas con nobles intenciones, pero que, sin embargo, se encuentran manipuladas por pretensiones de dirigentes y organizaciones con ambiciosas aspiraciones políticas que no se limitan a necesidades reales y honestas, sino que, en su solución encuentran una visión altamente colectivista e ideológica que obvia el sentido común y de realidad.

Justamente en este punto encontramos la razón de fondo que nos lleva a entender el por qué en el actuar, el que se condice totalmente con las ideas que se esconden detrás del grito revolucionario, que, en realidad oculta una ansia de poder que nada tiene que ver con calidad en la educación y con la dignidad que le es inherente al ser humano. Así, ellos creen que si es necesario que el individuo debe ser sacrificado, por ejemplo, en su derecho a educarse, para un bien mayor y colectivo, que es la “transformación estructural” que da por entendida una aceptación que resultaría ser mayoritaria y transversal. Esa idea, propia de un pensamiento totalitario -en la forma que sea-, subyace esa ideología por debajo, con la única diferencia que ahora se presenta con una careta “democrática” y pacífica (al ser llevada por medio de plebiscitos y no de armas, por ejemplo).

Quien se atreva a afirmar una idea así será víctima de mofas y acusado de un individualismo egoísta y que supone ser  alejado de la verdadera realidad que  resulta ser ajena de lo que ellos llaman la “burbuja”, sin embargo, lo que es necesario saber es que ese colectivo que se nos impone a solidarizar en realidad no existe más allá de una abstracción de una consigna hueca y vacía, sino que,  en realidad son un cúmulo de individuos que poseen necesidades y que no se les mira de forma individual con su dignidad que se le es propia siendo éste el verdadero foco que los cuerpos intermedios organizados que se auto-adjudican la voz de la ciudadanía debiesen tener.

El valorar a las personas como grupos, en vez de individuos, nos lleva a pensamientos que pueden causar desastres en nuestra sociedad, teniendo como causa el desentendernos de las cualidades que son inherentes al ser humano y sólo es lo correcto lo que las mayorías piensen, ese tipo de pensamiento puede llegar a legitimar, por ejemplo, como tema contingente podría ser el pensar que la educación debiese ser gratuita y financiada por todos porque es “un derecho social”, el creer que podemos quitarle la posibilidad de asistir a clases a cierta cantidad de compañeros, porque así la mayoría lo decidió y por lo tanto es un “derecho social”, hasta el punto -afortunadamente todavía lejos de la actual realidad, pero no del pasado- de pensar en que matar en nombre del grupo, es lo correcto.

Como reflexión final y mirado el asunto más a fondo, creo que en una época como hoy en donde imperan las “modas de ideas” y las “consignas panfletarias” , hay que dar espacio a la real reflexión que viene desde lo más profundo del raciocinio, en que somos capaces de dejar de lado el pensamiento cargado de sesgos e ideologías que moldean las conciencias hasta sus más ocultos rincones para así llegar a la irreversibilidad, para que desde la convicción del espíritu tener una voluntad de desenmascarar esos pensamientos y forjar nuevas alternativas al servicio de la persona humana, porque de no ser así, si pensamos que el todo es anterior a lo individual, recaemos a regímenes que creen que lo correcto es eliminar a la oposición del pensamiento grupal y al estorbo del funcionamiento del sistema, tal como estoy seguro que piensan hoy los dirigentes de la Confech (incluyendo los que nos representan allí).

Johnny Olate

Estudiante derecho UC