La comunidad LGBTQ hoy es víctima de discriminación en la sociedad al seguir esta una serie de criterios conservadores y promover los cánones de familia y pareja que estos definen. ¿Es en verdad necesario, además, vulnerarla en su dignidad al promover la concepción de que estos grupos, al hacer uso de su libertad de amar, atentan, dañan o realizan acciones propias de reparación?

 

Las temáticas sobre género han generado un debate a la interna de nuestra universidad, disputa que se replica en el actual panorama sociopolítico, donde como era de esperar, abundan aquellos que enarbolan banderas de luchas propias del medioevo, e incluso, algunos cuantos que desgraciadamente poseen una postura levítica al considerar que la muerte es una solución efectiva.

En nuestro país y en nuestra universidad, es clara la existencia de adeptos al ideario propio al conservadurismo imperante en la Iglesia Católica, la cual históricamente no ha estado dispuesta a tranzar posturas en lo que respecta a las libertades relacionadas a la diversidad de género o al aborto, opiniones que bajo algunas condiciones pueden ser merecedoras de respeto. Sin embargo, estas opiniones se concentran en un espectro del ideario colectivo que roza en muchas ocasiones con la intolerancia y la violencia hacia estos grupos minoritarios al brindarles un trato desigual en lo que respecta a derechos y libertades, pensamientos que sin duda alguna cruzan la línea de lo que se podría considerar acreedor de respeto.

Prueba de esto es lo acontecido el pasado miércoles 7 del presente mes, donde a raíz de la besatón organizada por la secretaría de género y sexualidades, un profesor de la escuela de derecho invitara a parte de la comunidad de la misma entidad académica a orar como “acto de reparación a Dios y a la Virgen”. Si bien, como ya mencioné previamente, puede ser su opinión y actuar digno de respeto, siempre y cuando no atente contra las libertades y derechos del grupo en cuestión, lo cual efectiva y lamentablemente aconteció. En el mail se enuncia la intencionalidad de “impedir el acto”, la cual no puede ser concretada por “razones que podemos conversar”. El considerar necesario un acto de reparación tras esta actividad es, a mi parecer, un ejemplo del traspaso de las barreras de la tolerancia, puesto que expresa una negativa percepción de una convocatoria que intenta no solo mostrarle a nuestra Universidad y autoridades la existencia de la diversidad, exigiendo una institución “más inclusiva y menos homofóbica”, sino, además, manifestarse en la justa batalla por legitimar la libertad de amar. La comunidad LGBTQ hoy es víctima de discriminación en la sociedad al seguir esta una serie de criterios conservadores y promover los cánones de familia y pareja que estos definen. ¿Es en verdad necesario, además, vulnerarla en su dignidad al promover la concepción de que estos grupos, al hacer uso de su libertad de amar, atentan, dañan o realizan acciones propias de reparación?

Ante lo anterior, se puede manifestar como claro agravante el contexto en el que se realiza dicha invitación, entendiendo al remitente como docente de nuestra casa de estudios. Si bien en las últimas semanas se ha dicho mucho del rol que nuestra Universidad debe tener en temáticas como la aquí tratada, es primordial enfatizar la naturaleza de la Universidad Católica como una institución educativa que acoge la universalidad de opiniones, dando cabida a la contraposición de las mismas y respetando las libertades de sus miembros, entendiendo lo anterior a favor de la creación de conocimiento, el fomento de la fe y el rol público. Además, es fundamental, la responsabilidad para con la sociedad, que significa sentar precedentes de los cambios socioculturales al incentivar el cuestionamiento de los actuales modelos sociales en búsqueda del bienestar colectivo. En dado caso, ¿cómo es posible que estas barreras en contra de la libertad de sencillamente ser quien eres, sean promovidas por partes de la misma institución?

Es cierto que vivimos en una sociedad quebrada e individualista, la cual dista mucho de la promoción de valores que puedan ser considerados fraternos, donde la discusión no se centre en el “cómo estoy yo”, sino en el “cómo estamos”, trabajando de la mano de quienes nos rodean, trabajando sin descanso por quienes más lo necesitan; en pos de una sociedad igualitaria, donde nos comencemos a amar aceptándonos como iguales, sin distinciones de género o sexualidad, de lugar de origen o cuna, sin importar si son pueblos indígenas, ancianos, niños o funcionalmente diversos. Afortunadamente, son miles los voluntarios y cientos de actividades que tienen como foco la devoción por servir al prójimo, sin embargo, actualmente es necesario avanzar en búsqueda de cambios culturales y políticos que permeen en la sociedad, promoviendo la justicia de la que todos somos merecedores por igual.

Son muchas las dolencias que hoy en día enmarcan a la sociedad, situaciones que sin lugar a dudas son merecedoras de un acto de reparación. Oremos por la realidad que miles de chilenos viven día a día producto de la desigualdad social, oremos por los que no tienen techo, por los que cuentan las monedas por un pan, por la tercera edad que luchan por llegar a fin de mes con $250000 o peor, una pensión solidaria, oremos por las y los endeudados y estafados por el sistema de educación superior, por esa infancia que año a año se inserta en un sistema que replica las condiciones socioeconómicas, oremos por quienes sufren, lloran y mueren en silencio en hogares del SENAME, oremos por quienes no aceptan la diversidad, oremos por la incoherencia de quienes defienden la vida, pero no la cualidad más hermosa del ser humano; la facultad de amar libremente.

Pero hoy en día, no basta con orar, es necesario actuar.

Por Javier Ignacio Marchant

Alumno de Ingeniería Comercial UC