La educación superior gratuita como un ideal de largo plazo no es, en sí, una mala idea. Yo no les vengo a decir acá que la gratuidad será el causante de todos los males de la sociedad, ni con un discurso fatalista respecto a esta reforma, pero sí sentí que era necesario manifestar mi opinión respecto a la gratuidad universal. Mauricio Moreno escribe hace poco en una columna por qué la gratuidad universal es necesaria y por qué el argumento “de la derecha”; “La gratuidad es injusta porque le estaríamos pagando la educación a quienes sí pueden pagar” es rebatible. Comenzaré diciendo que no me siento “de derecha” ni responsable de defender “las ideas de la derecha”, pues simplemente creo que el mundo es mucho más complejo que derecha vs izquierda, y que toda opinión vertida aquí es responsablemente mía y escrita en modo de respuesta a la columna aludida. No obstante, vengo a rebatir los argumentos esgrimidos y a argumentar por qué, a mi juicio, la gratuidad universal es, efectivamente, una medida regresiva.

Creo que, como muchas otras cosas en esta vida, la educación tiene dos caras. Concuerdo con Mauricio en el rol social que tiene la educación, y dudo que muchas personas no concuerden con este punto. La educación es el motor del desarrollo del país, posibilita una sana convivencia en sociedad, permite el encuentro con el otro y democratiza el acceso al conocimiento para todos. La educación, además, como dice Mauricio (o en realidad como dice él que dice “la derecha”), es una inversión para acceder a un mejor futuro y destacar en el mercado laboral. En línea con lo anterior, la educación es el vehículo para desarrollarnos íntegramente como individuos, lograr nuestro máximo potencial, y poder vivir nuestras libertades con plenitud. Bajo mi punto de vista, ambas caras de la educación, su cara social y su cara individual, son perfectamente compatibles y necesarias de considerar.

Ahora bien, cerrarle las puertas a la gratuidad universal bajo ninguna circunstancia es desconocer el rol social que tiene ésta. Bajo mi punto de vista, el derecho a una educación, que todos incuestionablemente tenemos, debe ser garantizado en cuanto a acceso. El financiamiento es otra cosa. Quien la puede pagar, no tiene ninguna barrera para acceder a la educación y ejercer su derecho de educarse. Sin embargo, es el deber del Estado garantizar los recursos a quienes no los tienen, para que ellos puedan ejercer plenamente su derecho, y así emparejar la cancha. Y dados los recursos escasos que posee el Estado, no veo ninguna necesidad de financiarle la educación a alguien que puede pagarla, dado que esa persona ya está haciendo ejercicio de su derecho de educarse. Vemos entonces que, sin gratuidad universal, la educación sigue siendo accesible para todos, en tanto se financie proporcionalmente a quienes no tienen los recursos para pagarla (gratuidad escalonada, si se quiere). El foco debiese ser democratizar el acceso, y no necesariamente democratizar el financiamiento (que, como argumentaré más adelante, resulta sumamente regresivo).

Con Mauricio estamos de acuerdo también en que el que deba pagar, pague (o al menos eso entiendo sobre su segundo argumento). Para ello sugiere aumentarle los impuestos a los más ricos para financiar su educación. Aquí hay un problema de fondo y de forma. El problema de fondo es que, en esencia, estamos llegando a lo mismo: que el rico pague por su educación, sólo que en este caso es de forma indirecta, vía impuestos. Aquí, de jure quien puede pagar no paga, pero de facto sí está pagando, lo cual resulta un poco contradictorio con la tesis inicial de que nadie debería pagar. Pero OK, aceptemos por el momento esta alternativa.

El problema de forma en este caso es confiar ciegamente en la tributación como mecanismo.  Todos sabemos que no vivimos en un mundo perfecto, donde el Estado es un ente celestial que trabaja adecuadamente en todo momento. Toda recaudación tributaria acarreará distorsiones que hará que se pierdan recursos en el camino. Nada garantiza tampoco que el Estado actuará eficientemente en la distribución posterior de esos recursos, si por algún milagro hubiese un traspaso perfecto de estos y no se distorsionara ningún incentivo por parte de quienes se educan, de las universidades y de otros actores relevantes. Entonces, ante un financiamiento directo por parte de quienes pueden pagar por su educación, sin distorsiones y donde los recursos van directamente a donde tienen que ir, se está abogando por un financiamiento indirecto donde se añade al Estado como recaudador intermedio, resultando en problemas de gestión y distribución que doy por hecho que ocurrirán.

Ahora ¿por qué la gratuidad universal es, efectivamente, una política regresiva? Sencillamente, porque favorece a los ricos y perjudica a los pobres. En primer lugar, es importante decir que el análisis hecho sobre el coeficiente de Gini es errado. No tenemos cómo saber cómo cambiaría el coeficiente de Gini instalando gratuidad universal. Por otra parte, el índice de Gini sólo se hace cargo de ver la desigualdad de ingresos, y no, por ejemplo, la desigualdad de acceso a bienes sociales o desigualdad de oportunidades. Indudablemente sabemos que financiarles la educación a los ricos deja al Estado con menos recursos disponibles para financiar otras actividades que ayuden a la gente de escasos recursos (donde cabe mencionar la tan olvidada educación inicial). Es un desembolso enorme que se está dejando de ocupar en viviendas sociales, en el Sename, en más áreas verdes para comunas de escasos recursos, en mejorar las pensiones, en mejorar los hospitales (y la lista suma y sigue…). Entonces, estamos beneficiando a los ricos, en perjuicio de las personas de escasos recursos. ¿Tiene sentido gastar dinero, que debiese ser focalizado en los más necesitados, en la educación de quienes pueden pagarla?

Es verdad que la gratuidad universal podría terminar con la segregación por capacidad de pago, pero una gratuidad escalonada puede llegar al mismo efecto sin financiarle la educación a los más pudientes. Si a cada uno se le financia lo que necesita para acceder a la educación superior, todos están en las mismas condiciones para acceder a esta. A los que no tienen nada, se les financia completa. A los que pueden pagar un poco, se les financia el resto. Y los que tienen más que suficiente para pagar, que paguen, contribuyendo justamente según las oportunidades que han tenido en la vida, y no a costa de dinero que, como sociedad, queremos destinar a los que no tuvieron las mismas oportunidades.

Es verdad que no hay una democratización en el financiamiento, que algunos están pagando y otros no, pero democratizar el financiamiento implica entregar recursos a los que tienen en desmedro de los que no. Es uno de los casos en que la igualdad (en este caso, la igualdad del pago, o no-pago, por la educación) empeora a los que están más abajo. Entiendo el argumento de quienes dicen que un derecho no puede ser un derecho si hay que pagar por él, pero en este caso, financiarles este derecho a los ricos es tan nocivo para la gente con menos recursos, que francamente no creo que el beneficio de garantizar la educación como un derecho en cuanto a financiamiento sea mayor al costo que implica despilfarrar recursos que podrían ser mucho mejor empleados en cosas más urgentes.

Pablo Vallejo

Miembro de El Puclítico

Estudiante de 4to año Economía UC

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