Los últimos días han sido de conmoción en la Universidad Católica por el extravío y posterior aparición de nuestro compañero Benjamín. La noticia llegó a tener incluso cobertura nacional, la que dio un vuelco curioso una vez que fue encontrado: la anterior búsqueda se convirtió en burlas y vergüenza, en ridiculizar a Benjamín por haber pagado hoteles y en ningunear los problemas que pasaba. Sin ir más lejos, en el sitio Gamba el titular fue el siguiente: Cuico desaparecido fue encontrado alojando en hoteles, había sufrido una “crisis vocacional” (sí, así, con comillas). Y me da rabia.

Me da rabia porque sé, por experiencia propia y familiar, lo difícil que es pasar por cuadros depresivos y estar cerca de alguien en esa situación. Me da rabia que se siga pensando que los problemas de salud mental son cosas voluntarias que se superan solo con “querer tirar para adelante”. Me da rabia que todos se dan el derecho de criticar y decir que era un ingrato, que hizo el loco, que se fue a dar la gran vida, cuando los fantasmas a los que uno se enfrenta en esas situaciones muchas veces no te permiten ni moverte (sí, literalmente inmóvil). Me da rabia, a más no poder, que se burlen de alguien porque pasaba por una crisis psicológica. Como si fuera un chiste. Como si no fuera una enfermedad real. Tal como si se rieran de una persona porque tiene cáncer.

Me exaspera. Sobre todo porque después nos quejamos de que tenemos una altísima tasa de suicidios juveniles. Sobre todo porque son cientos, miles y millones de personas que están pasando por crisis psicológicas y no están teniendo acceso a un tratamiento adecuado (Si bien en la última década se han incorporado patologías neuropsicológicas en el AUGE, la inversión pública aún está muy lejos de la necesaria*). Como si eso fuera poco, tienen que luchar con la reprobación de una sociedad que los obliga a seguir como si nada, con la crítica de quienes les dicen que exageran, que no es para tanto.

Es verdad que nuestro compañero tenía los medios para arrancar en esas circunstancias, que son muchos los que no los tienen, y que probablemente no podrían haberse escapado. Que por esos muchos tal vez nadie habría movido un dedo para buscarlos. Me da rabia también por ellos, porque se les usa como pretexto para minimizar estos problemas.

Pero si me quedara solo en la rabia, esta columna no tendría sentido. Estoy escribiendo porque quiero que las cosas cambien. Sí, quiero que consideremos la salud mental un derecho igual que la salud física, quiero que todos y todas podamos acceder a los medios para tratarnos, quiero que la Universidad avance en acoger estos problemas. Quiero que, de una vez por todas, como sociedad le tomemos el peso al tema. Pero para eso, primero necesitamos cambiar de actitud todos y cada uno de nosotros. Hay que dejar de decir que el colega que pidió licencia por depresión es “exagerado”, que la estudiante que congeló el semestre por depresión es “floja” o “no quiere superarse”, que el compañero que se escapó por crisis vocacional fue a “llamar la atención” o que “hizo el loco”.

Amiga, amigo, te lo digo con humildad y cariño: estás equivocado, no por maldad, sino por lejanía**. Ya tenemos bastantes gigantes propios con los que pelear. Por favor, no conviertas tu reprobación en otro gigante con el que luchar.

 

Jorge Fuenzalida Izquierdo

Estudiante de 6to año de Ingeniería UC

 

* Para más información sobre la inversión pública y acceso a tratamiento, recomiendo referirse al estudio “Financiamiento de la salud mental en Chile: una deuda pendiente” en el siguiente link:  http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0034-98872015000900011 

**Referencia a poema de Esteban Gumucio V.

 

 

No hay comentarios