Porque mientras se siga discriminando en nuestras aulas de clases, mientras se siga patologizando la orientación sexual o la identidad de género, y mientras se siga creyendo que pensar distinto significa imponer una visión unívoca y moralista de lo que debemos ser y hacer como personas, no nos habremos hecho cargo de la tremenda responsabilidad que tenemos para con la comunidad UC y nuestro país, y nuestra lucha cobrará aún más sentido y convicción.

Este sábado 1 de julio se da cita a quizás uno de los días más significativos para el movimiento LGTBI. Conmemoramos a las víctimas de la represión policial en el bar newyorkino Stonewall Inn, donde fueron tomades detenides por cometer el delito de ser lesbianas, gays, bisexuales, trans o intersexuales. Sí, por ser LGTBI. Y sí, era ilegal.

Es importante recordar lo ocurrido por estos días, pues ninguna celebración debe anteponerse a una conmemoración tan significativa como esta. Y cómo olvidarlo, si hoy en nuestro país seguimos siendo ciudadanes de segunda y tercera categoría: La legislación chilena no garantiza mínimamente nuestros derechos, y los ha hecho un privilegio exclusivo de las personas heterosexuales. Si bien ya no nos definen como enfermos en el DSM – manual de trastornos mentales-, ni somos ilegales por ser LGTBI (desde 1999, apenas 18 años), seguimos siendo discriminades e invisibilizades en distintos ámbitos de nuestra sociedad.

Hoy se le niega la posibilidad a les niñes trans de que puedan optar por un cambio de género en el registro civil. Son elles quienes se han visto más perjudicades y excluídes en todo el proceso legislativo de una ley de identidad de género que se sigue discutiendo en el parlamento y que ya no podrá incluirles en el proyecto final. Es esto lo que nos parece un absurdo.

Hoy se nos es negada la posibilidad de adoptar si es que tenemos el mismo sexo de nuestra pareja, y solo basta escuchar un momento los argumentos de muchos candidatos de la derecha chilena, en este contexto presidencial, para saber que el extremo conservadurismo les ha quitado la posibilidad a tantas niñas y niños en nuestro país de tener una familia. ¡Una familia! Prefieren que sigan esperando en los hogares del SENAME antes que entregarlos a una pareja homoparental que solo les dará amor y buenos cuidados. Y como si no fuera suficiente, nos siguen negando la posibilidad de elegir si queremos contraer matrimonio o no.
¿Qué dice la UC sobre esto? Nada. Nuestra universidad tiene una tremenda deuda: mientras hablamos del supuesto ‘rol público’ que tiene la UC, hace unos años el Rector tomó su teléfono y llamó a cada integrante de la comisión de constitución de la cámara de diputades para que el actual Acuerdo de Unión Civil (AUC) dejara de llamarse Pacto de Unión Civil (PUC), puesto que sus siglas podrían confundirse con nuestra casa de estudios. Hubiera sido terrible, al parecer. Y no hay que ir tan lejos: hace tan solo un mes se negó la autorización para realizar una “feria de Género y diversidad sexual” en las dependencias de la universidad bajo el argumento de que no era una actividad con “fines académicos”.

¿Qué estamos haciendo para contribuir a la lucha de la disidencia sexual? ¿Cuál es el lugar que debemos asumir como estudiantes. profesores y trabajadores de nuestra universidad? Porque mientras se siga discriminando en nuestras aulas de clases, mientras se siga patologizando la orientación sexual o la identidad de género, y mientras se siga creyendo que pensar distinto significa imponer una visión unívoca y moralista de lo que debemos ser y hacer como personas, no nos habremos hecho cargo de la tremenda responsabilidad que tenemos con la comunidad UC y nuestro país, y nuestra lucha cobrará aún más sentido y convicción.

Tenemos mucho por hacer, y hay que ponerse manos a la obra. Como UC no podemos restarnos del debate en el que hoy buscamos derechos mínimos. Es momento de poner punto final al mutismo y dar paso a una nueva universidad, donde vivir con dignidad, tal como somos, sea el principal objetivo que tengamos como comunidad. Es necesario despertar, remover los lastres conservadores, besar y ensalzar la diferencia, para que así construyamos una verdadera universidad al servicio de nuestra sociedad.

Y es que hablar por nuestra diferencia, tal como diría Pedro Lemebel, debe ser siempre una acción política que incomode y cuestione, que visibilice y actúe, que nos permita luchar por el derecho a vivir sin violencia ni discriminación.

Este sábado 1 de julio marchamos por el derecho a vivir, por el derecho a nuestra diferencia.

 

Cristóbal Gamboa López

Presidente del Centro de Estudiantes de Psicología

No hay comentarios

Dejar respuesta