Alguien se ha dado cuenta de la cantidad de veces que un estudiante decreta su muerte por día, la cantidad de veces que la fatídica sentencia de muerte es utilizada para denotar las agotadoras y agobiantes experiencias de vida que solemos tener cotidianamente. No hace mucho me encontré a mí misma en esa situación y creo que la cantidad de veces que dije “me quiero morir” superaron con creces, no solo a las palabras de aliento hacia mi persona, sino también a los “Buenos días” y los “Holas”.

Pero uno no se preocupa, nadie en estos minutos se preocupa del trasfondo real que pueden tener ese tipo de manifestaciones por parte de tus cercano, porque la naturalización es tanta que tod-s nos vemos en esa situación alguna vez al año, al mes y a veces incluso un par de veces a la semana. Donde los estudios te sobrepasan la existencia y tu salud mental está envuelta en un frenesí de decepciones, de agotamientos mentales y de falta de sueño.

Ahora claro, ese es solo un periodo de nuestro ciclo, el otro lo pasamos sucumbidos metafóricamente en las drogas, o quizás no tan metafóricamente, donde ahora estamos todos “en la pasta”, porque cuando no te quieres morir, eres un drogadicto con una amplia gama de preocupaciones a las que no estas atendiendo, con una sensación de deterioro de ti mismo que es fácilmente asimilable al consumo de una droga. Esta es la dicotomía emocional del estudiante promedio y donde en la actualidad, cada día nos sorprende menos la impactante noticia de la muerte de una compañera de universidad en clases, o los otros variados casos de suicidios de nuestros compañeros o que corra droga como si fuera chicle en las fiestas. Pero nadie está realmente preguntándose como nosotros mismos mediante el poderoso efecto de construcción de realidad que tiene el lenguaje, propiciamos esta poca sorpresa.

En un sistema tan exitista, meritocrático y con una valoración tan alta de las calificaciones y los titulos, es difícil no sentir que el no entendimiento que tienes de una materia trunca tu vida en ese momento como para decir que preferirías estar muerto, o que  ante la gigantesca y poco equilibrada carga académica que tienen algunas asignaturas los minutos de relajo y ocio que compartes contigo mismo son más asimilables a la drogadicción que a un asunto de sanidad mental.

Sumado a esto, en la actualidad en las instituciones educacionales y de salud pública, la posibilidad de prestar ayuda psicológica efectiva se ven mermadas por la saturación del mismo o por la burocratización en exceso que este proceso tiene. Pero esta es otra realidad con la que hemos aprendido a convivir y que naturalizamos de manera más inconsciente aún, porque realmente pocos se  preguntan que produce que haya listas de espera y atención una vez al mes en nuestra Unidad de Apoyo Psicológica y donde finalmente lo más cercano a la empatía que tenemos con los testimonios es un profundo sentimiento de identificación.

Es así como el poder del lenguaje, las construcciones y afectaciones que hace a la realidad se vuelven un arma de doble filo para la misma salud mental, porque por una parte evidencia la estructuralidad de los problemas educacionales y las cargas que estos imponen sobre sus propios estudiantes que hacen que sean de lo más analogables al suicidio o la muerte, pero también hace que cada vez nos cueste más el poder entender a aquell-s compañer-s que realmente pasan por situaciones como estas a diario y que quizás, no son tomados con la seriedad que merecen por parte de nosotr-s sus pares.

Magda Cottet Capriles

Estudiante de Ciencia Política UC

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