Dentro de los espacios universitarios se dan muchas de las discusiones que en algunos años protagonizarán la agenda pública del país. A priori, uno los imagina como espacios de tolerancia, inclusión y apertura a las nuevas ideas respecto de las que traemos desde nuestros contextos sociales, familiares y escolares, marcando cierta coherencia con aquella humildad intelectual que creemos, debe predominar en personas que pertenecen a casas de estudios superiores para continuar con su proceso de formación. He participado de la política universitaria durante los últimos 4 años en los que he sido testigo – y partícipe – de las luces y sombras que esta actividad implica. Por ejemplo, siempre me ha llamado la atención la entrega de los militantes hacia sus respectivos movimientos, especialmente durante la campaña y en el desempeño de los cargos de representación, desde los representantes propiamente tal, hasta quienes ejercen ese trabajo silencioso que hay detrás de todo lo que se ve, es decir, hablamos de estudiantes comprometidos que están dispuestos a invertir tiempo, energía y recursos propios en virtud de fines mayores que exceden sus intereses personales. Por contraparte, dentro de las sombras que he observado y de las que he participado, hay formas y fondos que imposibilitan un verdadero diálogo entre posturas en distintas temáticas. A continuación, intentaré referirme brevemente a 4 pilares que considero, han traído al escenario universitario las malas prácticas que, actualmente, generan desconfianza con la política en la comunidad UC.

 

  • La verdad revelada y absoluta: La experiencia del aprendizaje implica una serie de cambios en nuestras estructuras mentales y procesos cognitivos, en que el descubrimiento de nuevas ideas y conceptos transforma nuestra percepción del mundo que nos rodea. En ocasiones, algunas ideas nos hacen mucho sentido y orientan gran parte de nuestra vida y nuestras decisiones, y eso es completamente legítimo, sin embargo, no debería ser impedimento para dialogar con ideas distintas o para cuestionar nuestra propia visión del mundo. En el momento en que una persona o un colectivo deja de cuestionar las ideas, y entre ellas, sus propios principios, es cuando se renuncia a la racionalidad de las mismas, y se transforman en dogmas incuestionables, una suerte de palabra revelada y absoluta que no sólo debe regir sus vidas, sino la de la sociedad en su totalidad. Aquellos que han tenido acceso a esta verdad, se convierten en profetas iluminados que juzgan el escenario político desde una altura moral que esta misma verdad – tautológicamente – les confiere. La honestidad intelectual implica cierto grado de apertura a otras ideas, incluso si son contrarias a nuestros principios, dado que el aprendizaje es un proceso permanente en que incluso nuestras ideas más persistentes podrían ser desafiadas. Por supuesto, esto no implica una predisposición a desestimar los principios que nos rigen, o la negación de su existencia misma, sino que la voluntad y buena fe para intentar entender las ideas que rigen a los demás, y la humildad intelectual necesaria para comprender que nuestras premisas podrían ser falseables.

 

  • La falsa dicotomía entre el bien y el mal: Agrupar un conjunto de personas con distintas características y formas de pensamiento en torno a un enemigo común, es una estrategia que históricamente ha sido empleada para construir fuerzas de oposición, sin embargo, tienden a sucumbir ante el desafío de gestionar su propia existencia de forma sustentable. ¿Qué nos mantiene realmente unidos si ya hemos derrotado a ese enemigo común? A partir de esta premisa, es que se han planteado ideas de sociedad que son relativamente sencillos de transmitir, en los existen sólo dos grupos que encarnan el bien y el mal. Por supuesto, ninguna ideología razonable emplea tales conceptos, sino que los sustituye mediante otras dicotomías, tales como civilizados vs. bárbaros; creyentes vs. herejes; ricos vs. pobres; derecha vs. izquierda; hombres vs. mujeres; autoridad vs. comunidad, etc. En todos estos casos se plantea la opresión de un grupo por sobre el otro como condición sine qua non, en una realidad más o menos evidente, presentando a la contraparte – el enemigo común – como seres dignos de odio, y que la única forma de superar este fenómeno, es destruyéndolos. Al respecto, se hace necesario plantear desde la política universitaria – que constituye la élite intelectual de nuestro país – una evolución hacia un modelo sociopolítico más complejo, que efectivamente contemple la existencia de distintos grupos unidos en razón de determinados aspectos estructurales, pero que también considere las diferencias propias entre las personas como evidencia del valor intrínseco del individuo inserto en una sociedad dinámica que lo afecta, y que al mismo tiempo, es susceptible de ser afectada por este individuo. Un modelo que comprenda que las relaciones entre individuos y entre grupos sociales pueden ser competitivas, cooperativas, neutras, etc., es decir, que existe una variedad de interacciones mucho más rica y compleja que la lucha entre dos grupos convenientemente planteados, en que todos sus integrantes actúan de forma homogénea, predecible y predeterminada.

 

  • Política coercitiva, no formativa: Este pilar podría considerarse como un corolario de los dos primeros. Al considerar la posesión de una verdad revelada que es absoluta, y al mismo tiempo, construir una dicotomía en la que aquellos que se oponen a mis principios, lo hacen desde la inmoralidad, no existen razones para dar un trato digno a estos personajes nefastos que sólo se mueven por su interés personal o la maldad propiamente tal. A partir de estas premisas es que se ha construido un ambiente hostil en que no buscamos convencer ni aceptamos ser convencidos por otros, sino que buscamos imponer nuestros propios términos. Para tales fines, nos parece legítimo insultar, humillar, descalificar, funar y censurar al otro, lo cual construye una mayor odiosidad entre los sectores que desencadena conflictos y malestar en los grupos y las personas. La política universitaria, en virtud de su espacio de realización en que venimos a aprender, no debería tener un sentido punitivo, sino formativo, en que el objetivo sea crecer y aprender juntos a pensar y hacer las cosas, esto no es posible lograrlo si ejercemos la política desde la coerción en lugar de hacerlo desde el diálogo fraterno. Nuestras diferencias políticas son legítimas, pero finalmente, somos todos corresponsables de nuestro bienestar, ello implica la necesidad de cuidarnos entre nosotros, o al menos, evitar causarnos daño innecesario. Es importante recordar que todas las personas tenemos un mundo interno invisible, y que esas luchas silenciosas son desconocidas para los demás, en ese sentido, el daño que podemos infligir es impredecible y en ocasiones, irreversible.

 

  • Consignas sin relaciones causales: En la sociedad de la información, no basta con sostener una verdad revelada sin demostrarla con evidencia empírica, por ello, pedir un voto de fe ciega a las personas ya no es una opción válida. Al respecto, el diagnóstico de problemas en nuestra estructura social es un proceso, mínimo, necesario y anterior a la propuesta de soluciones, sin embargo, estas no constituyen el mismo proceso. Una práctica muy recurrente es asociar directamente el diagnóstico de problemáticas sociales – en los que en general, existe consenso – a una vía única de soluciones, de modo que el desacuerdo con esta vía implica una complicidad con ese diagnóstico que, en realidad, compartimos. Si los problemas sociales tuviesen soluciones únicas, probablemente la deliberación política, y en general, la democracia misma, no serían necesarias. Dicho esto, es que planteo que las buenas intenciones son necesarias, pero no suficientes para construir resoluciones alternativas. Requerimos entonces, de evidencia empírica, explicaciones razonables, demostraciones argumentativas, mecanismos claros y específicos y, sobre todo, una disposición a escuchar otras opciones, a defender las nuestras, y alcanzar consensos que nos permitan un trabajo coordinado y en conjunto. Ello necesariamente implica dejar de estigmatizar a los grupos o individuos que no comparten nuestra visión.

 

Finalmente, quisiera extender la invitación a todos los candidatos y representantes ya electos, a comprometerse por construir de nuestro espacio político, un lugar que se encuentre a la altura que merece nuestra comunidad UC, desde las buenas prácticas en las campañas electorales hasta la gestión de los cargos propiamente tal.

 

Cristóbal Bersezio Araya.

Estudiante de Licenciatura en Ciencias Biológicas UC.

Estudiante de Pedagogía Media en Química UC.

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